domingo, 10 de mayo de 2009

Duodécima poesía vertical- Roberto Juarroz (Argentina)





(Argentina,1925-1995)








1



Sacar la palabra del lugar de la palabra
y ponerla en el sitio de aquello que no habla:
los tiempos agotados,
las esperas sin nombre,
las armonías que nunca se consuman,
las vigencias desdeñadas,
las corrientes en suspenso.

Lograr que la palabra adopte
el licor olvidado
de lo que no es palabra,
sino expectante mutismo
al borde del silencio,
en el contorno de la rosa,
en el atrás sin sueño de los pájaros,
en la sombra casi hueca del hombre.

Y así sumado el mundo,
abrir el espacio novísimo
donde la palabra no sea simplemente
un signo para hablar
sino también para callar,
canal puro del ser,
forma para decir o no decir,
con el sentido a cuestas
como un dios a la espalda.

Quizá el revés de un dios,
quizá su negativo.
O tal vez su modelo.






2


Interrumpir todos los discursos,
todos los esqueletos verbales,
e infiltrar en el corte
la llama que no cesa.

Empezar el discurso del incendio,
un incendio que inflame
estas rastreras chispas malolientes
que saltan porque sí,
al compás de los vientos.

Y entretanto sellar la incontinencia
del verbo del poder y sus secuelas.
La palabra del hombre no es un orden:
la palabra del hombre es el abismo.

El abismo,
que arde como un bosque:
un bosque que al arder se regenera.




6



Hay fragmentos de palabras
adentro de todas las cosas,
como restos de una antigua siembra.

Para poder hallarlos
es preciso recuperar el balbuceo
del comienzo o el fin.
Y desde el olvido de los nombres
aprender otra vez a deletrear las palabras,
pero desde atrás de las letras.

Quizá descubramos entonces
que no es necesario completar esos fragmentos,
porque cada uno es una palabra entera,
una palabra de un lenguaje olvidado.

Y hasta es posible que encontremos en cada cosa
un texto completo,
un reservado y protegido texto
que no es preciso leer para entender.






7


El poema convoca al humo
para encender la lámpara.

Los fuegos apagados
son el mejor combustible
para los nuevos fuegos.

La llama sólo se enciende
con su pasado.



13


Hay un momento
en que uno se libera de su biografía
y abandona entonces esa sombra agobiante,
esa simulación que es el pasado.

Ya no hay que servir más
la angosta fórmula de uno mismo,
ni seguir ensayando sus conquistas,
ni plañir en las bifurcaciones.

Abandonar la propia biografía
y no reconocer los propios datos,
es aliviar la carga para el viaje.

Y es como colgar en la pared un marco vacío
para que ningún paisaje se agote al fijarse.



14


Callar algunos poemas,
no traducirlos del silencio,
no vestir sus figuras,
no llegar ni siquiera a formarlas:
dejar que se concentren como pájaros inmóviles.
en la rama enterrada.

Solo así brotarán otros poemas.
Solo así la sangre se abre paso.
Solo así la visión que nos enciende
se multiplicará como los panes.

Los poemas acallados
nos prueban que el milagro es siempre joven.
Y al final, cuando todo enmudezca,
tal vez esos poemas
hagan surgir también otro poema.




20


La página en blanco
es un oído que aguarda.
La escritura es la voz
que puede combinarse con el blanco
o crudamente abolirlo
para arribar así al oído.

En algunos momentos
la mano presiente la densidad que la espera
y su trazo en el blanco
descubre la presión necesaria
para llegar hasta la música de abajo.

Cuando esto no ocurre,
es preciso anular la escritura,
extinguirla
como se apaga una lámpara que humea,
recomponer el blanco de la página
y preservar al oído que aguarda.




22


El gesto de la mano
cuando intenta escribir
crea a veces el pensar,
crea la imagen
que después mueve la mano.

Un gesto también crea el amor,
que después crea otros gestos
y algo más que hay debajo.

El autónomo idioma de los gestos
parece un calculado azar
para despertar las latentes esperas
que habitan en el fondo de todo.

También el árbol es un lenguaje de gestos
donde se unen el azar y la complicidad del árbol
para que caiga una hoja.





28


El mundo se ha cerrado,
el hombre se ha enquistado
sobre su propio ojo.
La vida humana es una cápsula
con un preciso instrumental
que permite imitar la realidad.

Hay que volver a abrir las cosas,
abrir la habitación del hombre,
abrir las imágenes como si fueran frutos,
abrir el taller sofocado de la piedra
y la reseca piel de la palabra,
el continente bloqueado del sueño,
el traje a medida del amor,
los párpados bajos del paisaje,
la cámara pringosa del exilio,
la invalidez ritual de la locura.

Y saltar hacia afuera o adentro,
ya que al fin es lo mismo.
Los dos extremos se abren:
el medio es lo cerrado.

¿O habrá también un salto
inmóvil en el medio,
un salto que lo abra
como una estrella que comienza?





30


Los hombres van quedando al costado del camino,
convertidos en muñecos.
No importa si antes fueron
marionetas u hombres.
La figura es ahora la misma.
Y sus miradas están fijas
como aplastadas cintas de papel.

No los ha apartado el camino.
Tampoco nosotros los hemos apartado:
apartarse parece ser el triste destino del hombre.
Y también convertirse en muñeco.
Se verá, si se observa con cuidado,
que desde el comienzo la rigidez es progresiva.

Pero hay algunas veces
en que un hombre sigue por el camino,
como si hubiera un final.
Los muñecos lo observan azorados.
El camino parece entonces erguirse y abrigarlo.
Y los ojos de ese hombre dibujan de nuevo
el quebrado itinerario de la luz.






32


No podemos detener los dibujos que se forman en el aire.
No podemos detener los dibujos que se descuelgan de la noche.
No podemos detener los dibujos que nos incendian el pensamiento.

No sabemos quién traza esos dibujos.
No sabemos por qué esos dibujos adornan
estos vagos suburbios de la nada.
Ni siquiera sabemos si nuestros ojos sirven
para ver esos dibujos.

Pero el hecho que más nos sorprende
es que todas las cosas resulten incompletas,
ya que ninguna existe o se sostiene
sin la complementación de estos dibujos.

No es raro entonces que estos dibujos nos parezcan
más perfectos que el aire,
más habitados que la noche,
más reales que el pensamiento.







36


También hay espacios hechos de nada,
ámbitos imprescindibles para descansar un momento,
ya que de todas las cosas
hay que descansar un momento.

Y hay además ciudades hechas de nada,
hombres, caminos, árboles,
palabras hechas de nada,
libros, muertes, amores,
mundos hechos de nada.

Si el corazón se combina con ellos
tal vez comience a oír una música
también hecha de nada,
la única que puede abrir lo cerrado,
la única que no necesita interrumpirse.

Por otra parte,
cuando todo sea nada,
sólo perdurará esa música,
nada más que esa música.




40


También hemos traicionado al agua.

La lluvia no se reparte para eso,
el río no corre para eso,
el charco no se detiene para eso,
el mar no es presencia para eso.

Otra vez hemos perdido el mensaje,
las vocales abiertas
del lenguaje del agua,
su inaudita transparencia palpable.

Ni siquiera supimos
beber la transparencia.
Beber algo es aprenderlo.

Y aprender la transparencia es el comienzo
de aprender lo invisible.





42


Hay ángulos que no pueden cerrarse
y que ninguna línea convertirá en figura.
Ellos resumen el destino.
Tampoco el destino puede cerrarse.

El amor conoce esos ángulos
y con frecuencia acude a ellos.
También el pensamiento y la palabra.
También los párrafos del viento.

Pero no hay instrumento que pueda medirlos,
ni hay geometría que los abarque.
Ellos responden a otro orden del espacio:
la geometría de lo abierto.

Y quizá también respondan a un llamado,
pero no sabemos de dónde.





47


Educar a las semillas de la nada
y colgarlas como cuentas transparentes
de las ramas más calladas de un árbol.
Algunas serán llevadas por los pájaros,
otras se pegarán al viento
y algunas se hundirán en las miradas
o en las palabras sueltas
que a veces se arremolinan en el aire.

Y a través de esas limpias mediaciones
caerán detrás de la sequía,
torcerán el invierno,
se alzarán sobre la torre rota
y hasta quizá germinen sin notarse
entre los mustios epitafios.

Porque nos hace falta esta cosecha.
Todas las demás se consumen,
se pudren como la sombra del agua,
como panes de polvo.

Sólo resta la cosecha de la nada,
pero antes hay que efectuar la siembra.
Las semillas están en todas partes:
es preciso enseñarles a brotar.

Hay que educar a las semillas de la nada
para que puedan germinar como las otras.





48


Todas las historias me parecen conocidas,
todas las intrigas, todos los argumentos.
No lo he vivido todo,
ni siquiera lo he visto.
No guardo en mis alforjas
el resumen en píldoras
de todo cuanto existe.

Pero todos los rostros me resultan conocidos,
todas las voces, todos los paisajes.
No me he cruzado con todos los hombres,
ni siquiera los he oído o leído.
No conservo en mis ojos
el arduo laberinto
de todos los reflejos.

Sin embargo, en el fondo
hay algo que alguna vez he pensado
o vivido o amado alguna vez,
casi un relámpago de nada,
que sin yo darme cuenta
enhebró un filamento
de todo cuanto existe
y me ha dejado adentro
la sensación extraña
de haber pensado todo,
de haber amado todo,
de haber tocado todo,
hasta lo que no existe.

Y también en el fondo
o más allá del fondo
no dejo de escuchar una música
a la que se parecen
todas las otras músicas,
no dejo de escuchar un silencio
que pasa como un duende
por todos los silencios.
Y desde allí se oye claramente
las ondas detenidas,
las fósiles mareas
del silencio futuro,
del silencio final.





49



Las mareas del lenguaje
no tienen siempre el mismo ritmo.
Sus bajantes se producen sin horario fijo
y nos dejan a veces abandonados en la playa
desoladamente húmeda,
con el sordo temor de una retirada
sin seguro retorno.

Y aunque estemos relativamente acostumbrados
a los descensos aleatorios
del nivel de las cosas,
que a menudo nos dejan semivivos
en cualquier inocente encrucijada,
las retiradas del lenguaje
no nos permiten habituarnos
a esa insólita situación
de náufragos sin naufragio.

Cuando vuelven a subir las aguas,
cuando el lenguaje regresa a habitarnos,
sentimos de pronto
que en la definitiva bajante de la vida
quizá la mayor pena
será la pérdida para siempre del lenguaje.






58


La muerte no tiene forma.
La vida dona sus formas a la muerte.
No sabemos si ésta a veces las adopta
porque las formas no regresan.

Si la muerte fuese una rosa oscura
y el hombre tuviera ojos para verla,
sabríamos qué sucede con las formas.

Pero entonces ya no sería necesario
conocer el destino de las formas:
bastaría con aspirar profundamente
el oscuro perfume de esa rosa.





60



Las palabras se desfondan,
salvo en el hueco inasible del poema,
en su loca profecía de presente.

Sólo el silencio permite el reconocimiento.
Pero el silencio ya no existe.
Sólo existen las ruletas enajenadas
que no aciertan ya ningún número
y distraen de la cifra de la muerte.

A veces, sin embargo, el silencio renace
como un espacio que reemplaza al vuelo,
entre ciertas palabras que se olvidan del oído,
ciertos dolores que parecen amores,
ciertas caídas que ascienden no sé dónde.

Entonces el silencio rescata a las palabras
o las palabras abandonan sus traiciones
y generan nuevamente el silencio,
como el único terreno disponible
donde pueden germinar casi en la nada
las semillas que creímos imposibles.

Y si hubiese una cosecha,
aceptaríamos también que esa cosecha
la recogieran otros.






64


Desperté demasiado temprano
y comencé a pensar en lo eterno,
pero no en la gran eternidad de los rezos
sino en las pequeñas eternidades olvidadas.

La parte que no fluye del río,
aquello de la ciudad que siempre calla,
el lugar que no duerme en tu cuerpo dormido,
aquello que no despierta en mi cuerpo despierto.

Sentí entonces que las pequeñas eternidades
son preferibles a la gran eternidad.

Y no pude volver a dormirme.





71


Exceso de escritura.

En todo hay algo escrito,
que sólo desciframos a medias.
Todo es un palimpsesto
que sólo en parte se borra
y luego multiplica sus capas de escritura.
Hasta el silencio está escrito.

Nosotros no podemos
borrar ni una letra.
Y tampoco podemos
dejar de escribir encima.

Pero queda otra alianza posible:
escribir hacia adentro.
Allí, en comparación,
lo escrito es mucho menos.





78


Otro poema interrumpe el poema que escribo,
reclama su lugar.
Ninguno admite postergaciones.
Son dos hojas urgentes
brotando superpuestas
en el mismo punto de una rama.

Llega entonces un pájaro
y se posa en la rama.
También él es un reclamo,
el tercero en la aguja del instante.
Pero de pronto el pájaro canta
y en su canto no hay antes ni después,
cabe más tiempo que en el tiempo,
dos hojas, dos poemas simultáneos,
dos llamados,
quizá todos los llamados a la vez,
sin que ninguno se borre,
sin que ninguno desplace a los otros.

La superposición de dos poemas y un pájaro
ha venido a enseñarme
el concierto de todo sobre un punto.

Un orden por encima del orden.





79


No puedo levantar la palabra nueva
que yace entre los matorrales
como una moneda caída.

No puedo tomar esa moneda
y entregarla al pordiosero que hay en mí
o al que marcha a mi lado.

No puedo adquirir con ella otras palabras
o por lo menos sus moldes de silencio
para acuñar mañana sus efigies.

En vano he aprendido a inclinarme.
La moneda que busco
sólo puede encontrarse cambiándose por ella
y quedando en su sitio entre los matorrales.

La palabra que busco no está en la zarza ardiente,
que habla y después se extingue,
sino en la zarza apagada
que no cesa de hablar.






80
(Al morir Samuel Beckett)


Balbuceo del comienzo.
Balbuceo del final.

Desde nacer muriendo
hasta morir viviendo todavía.

Y unas pocas palabras
extraídas del páramo
como flores ajenas al lugar,
abriéndose hacia aquel origen
pero orientando su perfume
hacia aquel acabamiento.

Toda palabra es balbuceo.
Toda flor es balbuceo.

Y todo entre los paréntesis
de unas rocas partidas
y lagartos que huyen.

Nadie puede decirlo.
Nadie dijo mejor
cómo no se puede decir.











Roberto Juarroz
de Duodécima poesía Vertical
Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1991







1 comentario:

Camila dijo...

Esta muy bueno tener la posibilidad de disfrutar cada vez que leo poemas y por eso trato de hacerlo constantemente. Quisiera poder obtener pasajes a rio de janeiro ya que allí hay poemas muy buenos de autores locales